La imaginación literaria de la escritora jujeña Demitrópulos parte desde un núcleo móvil del interior del país para elaborar “migraciones simbólicas, universos de ficción que despliegan y expanden modos de mirar hasta lograr que a partir de ellos cada texto configure un lugar o una zona (Domínguez). Su literatura recorre distintas regiones: el Noroeste, la Mesopotamia, la Patagonia y el Noreste. Sus personajes, la mayoría mujeres, inmersos en la derrota y el abandono. Muchos de ellos mujeres obligadas a prostituirse.
Los comensales (1967) refiere a la fundación del Fuerte Balderrama (convertido luego en Ledesma). Cuando Miguel de Ledesma y Balderrama arriba a Jujuy, una tierra hostil de extrañamiento y otredad, queda atado para siempre. En La flor de hierro (1978) aborda la historia de Medinas. La fábula se mueve entre el agobio del presente decadente y los brillos del pasado mítico. Las cartas y testimonios jurídicos, ingresan como voces que traen los mitos originarios. La única descendencia es el opa Mafaldo, pura violencia idiota, que lleva la sangre orgullosa de los encomenderos de Acapayanta. Medinas es “un viento que se ausenta. Una vida que viene de la muerte”.
La trama de Río de las congojas (1981) se sitúa en un episodio histórico menor: el levantamiento y la destrucción de la Santa Fe Vieja o Cayastá. El poema griego inaugural, exhorta a guardar “a nuestros muertos y su fuerza”, a impedir que los desentierren. Hay una doble alusión: a las víctimas de la empresa conquistadora y a los desaparecidos por la última dictadura. El cronotopo abarca cien años: desde la fundación hasta el abandono. La narración comienza en las ruinas de la plaza que testimonian la muerte de los mestizos de la rebelión de los Siete Jefes. Blas de Acuña, “el señor de las ruinas”, se ha quedado “para seguir viendo a la ciudad abandonada, mientras los despueses no la sepulten, como borraron el recuerdo de tantos muchachos”. El río acompaña el relato, un río de “congojas y desabrimientos” que, al mismo tiempo, remite a la vitalidad de la tierra y la vegetación.
Los tres narradores –Blas, María e Isabel–, entrecruzan relatos. Todos los protagonistas son mestizos y/o bastardos pertenecen a “esa nueva casta, sin señorío ni hidalguía, pero con criollez”. Las rememoraciones desplazan la mirada del Adelantado, “el hombre del brazo fuerte”, hacia una mujer joven y bella de la “calle del pecado”, María Muratore. Abandonada por su madre y despojada de herencia, se enamora de Garay. El personaje evoluciona y aprende, sólo en los “despueses”. Esta guerrera muere dos veces, en batalla. Reivindica su libertad en esa ciudad de hombres.
Mito e historia nos conducen al tópico nodal de la novela: la conservación de la memoria. En un juego de duplicación de figuras de madres: Ana, la madre que abandona y sólo se revela en el momento de la muerte; María, la mujer que en la batalla ha perdido la posibilidad de tener hijos; e Isabel Descalzo, la tercera narradora fundadora del linaje, guardiana de la memoria.
En sus novelas siguientes, Demitrópulos gira hacia la novela política y el relato documental. Entre todas se destaca Un piano en bahía desolación (1994) donde recorre las vidas de una inmigrante inglesa y un lobero, Gin Whisky. Nancy llega a Punta Arenas para casarse y descubre que ha sido vendida. Gin Whisky, el lobero que la encuentra tocando el piano en un bar escucha su historia. En la segunda parte, la narración enfoca la colonización del sur y el exterminio indígena. Narra los preparativos para el “Abrazo del Estrecho” donde se encuentran los presidentes de Argentina y Chile, Roca y Errázuriz, en Punta Arenas el 15 de febrero de 1899. Gin Whisky rechaza la propuesta de ser contrabandista y parte en busca de Isidoro hacia Bahía Desolación en busca de Isidoro, llevando el piano de Nancy. En el reencuentro Isidoro lo rechaza; siente que el piano es una caja de recuerdos vanos y el diario, un depósito de letras, instrumento de la colonización. La destrucción del piano y el libro son su última forma de resistencia.
Las novelas de Demitrópulos, reeditadas en la actualidad, dejan de lado a los protagonistas históricos tradicionales para poner el relato en la boca de los subalternos, en particular de las mujeres. La conservación de la historia depende de los relatos orales, está escondida en los mitos que pasan de boca en boca. Las fundaciones se hacen a costa del sometimiento y la borradura de los cuerpos, así como de la parcialización de las narraciones históricas.
© LA GACETA
Carmen Perilli – Doctora en Letras, profesora emérita de la UNT.